Mi abuelo me quiere fusilar

Es navidad. Se presupone que las familias se reúnen e intentan mantener conversaciones distendidas y veladas agradables aunque existan rupturas internas. Todas las familias tienen conflictos en tanto que son núcleos de actores con intereses, en muchas ocasiones, divergentes. Es posible que en dichas reuniones anuales siempre falte alguien y se intente evitar el tema de conversación que lo saca a coalición en pro de la paz comunitaria. Nos mordemos la lengua. En otras situaciones, puede que el esfuerzo anual acabe en broncas, portazos, lloros y demás expresiones emocionales que estallan cuando la hipocresía se ha erigido la reina de la fiesta y surge aquello que hiciste en 1987 que provocó que estuvieses un año sin hablarte con tu hermano. Y también es posible que estallen discusiones por motivos políticos y no personales. En este punto el twitter se convierte en foco de desahogo. “Mi tío el de Albacete dice que con Franco estábamos mejor.” Unas risas, unos RT, y un poco de sátira. Se suele pasar por alto pero…¿se produce una ruptura? ¿Es la familia una “institución” tan necesaria como para no irse dando el portazo por una discusión política? Que mi abuela llore en nochebuena porque mis tíos no se hablan se concibe como algo normal. Un dramón que a la iaia se le pasa entre el villancico y el chascarrillo. Si yo decido no ir a una comida de navidad con un grupo de filofascistas soy una persona radical e insensible. Aquí la banalización de la política. El ejercicio político entendido como aquello que pasa entre el minuto de discurso de Rajoy en TVE, las noticias sobre el nuevo frame barbie-ken del PSOE, y la intervención de Pablo Iglesias en La Sexta. Una bidireccionalidad ficticia. Una visión de la política americanizada. Mucha estética, poco discurso, y la creencia generalizada de que se puede discutir aún sin incidencia ni implicación alguna, lo que convierte la política en algo intangible, como si fuese la trama de una película. Nadie que no esté muy implicado puede entender que opciones políticas provoquen choques y reacciones cognitivas que repercuten a nivel emocional. Mi tío no entiende que me levante de una mesa porque no quiero escuchar que “los negros de la valla de Melilla se merecen las torturas y el CIE’s”. No cree “que sea para tanto” y soy una intolerante. Pero eso ya es una costumbre. Luego está la gente autodenominada de izquierdas…Mi padre no es capaz de entender que mostrarme una foto de Rita Barberà en liguero para reírse de su físico bajo la palabra “cerda” me cabree. No lo entiende porque “las mujeres del PP no se merecen ninguna consideración”. Y por mucho que le explique que la lucha contra el patriarcado va por encima de cualquier afinidad o actividad partidista no lo entiende. El feminismo es política pero no comprende por qué me enfado y decido irme antes de embarcarme en un debate estéril. Lamentablemente suelo volver.

Odio las comidas de navidad porque, por lo general, sólo se aceptan unos tipos muy concretos de disensión. Que España no sea un Estado con una cultura política proclive a la participación provoca que se le retire el plato de la mesa a alguien por una discusión sobre una herencia pero que no se entienda una ausencia por una divergencia ideológica demasiado chocante, aún cuando las elecciones políticas determinan una u otra forma de vida. Y a la inversa.

Iaio, si fusilarías a todos los rojos comienza por mi que me tienes más a mano.

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