Patricia Heras murió por estar viva

Ha costado. Mucho. Pero lo consiguieron. Ayer por la noche, por fin, aunque con 5 minutos de censura, TV3 emitió Ciutat Morta. El caso del montaje policial más conocido en años, no por ello único, ha trascendido los muros de la militancia política, de los casales, de los ateneos, de los CSO, de los bares y pubs contracultura, y ha llegado a las casas de la gente normal. Sí, normal. Paradójicamente lo ha hecho por medio del instrumento de la manipulación, el marketing político y del affaire con las instituciones que siempre deja insatisfecho al crítico y extasiado a los engañados, a los conformistas. Patricia Heras, espero, estaría feliz. Feliz por el pulso, por el pequeño y potente “os jodéis”, por la difusión de una verdad que se grita entre las voces que nunca son escuchadas. Sus vacaciones indefinidas son la historia de una poeta viva en una ciudad muerta. El documental narra, en primera y última instancia, la vida. Las ganas de transgredir, de bailar, de amar y de follar, de batear en el Raval o en cualquier otro tablero, independientemente de sus centros políticos. De asistir a teatros ocupados, de manifestaciones, de conciertos, de fiestas para pagar abogados, de viajar, cruzar fronteras, y de volar en tu cabeza y en las de los demás. Patri murió por estar viva. Porque, al fin y al cabo, la vida, en sus formas más brutales, descaradas, desafiantes y coquetas, es una rebelión contra la normalidad. Eso no se puede permitir. La creatividad no es controlable. Y las sonrisas no se apagan ni a hostias

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