Contra los ‘drugos’

110

Cuando tenía 15 años vi por primera vez La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick, inspirada en la obra de Anthony Burgess, que no me he leído. Me encantó. Era esa época de definición de una personalidad endeble, que posteriormente cambiaría, de creación de mitos y filias. Lo mismo pasaba en el terreno político. Y era una época personalmente violenta. Recuerdo que Álex, el drugo protagonista del film, me atrajo en un sentido estético y sexual. Un pirado que da palizas a gente sin techo, viola y mata me pareció sexy en su ‘ultraviolencia’. Y esa particular forma de hablar adolescente, el ‘nadsat’, derivada de su forma de ver el mundo, y acogida por su entorno burgués, lo hacía más atractivo. A efectos prácticos, Álex es un pijo que se aburre y disfruta haciendo daño. Pero luego llegan los execrables experimentos con él para que rechace su afán violador y homicida mediante el condicionamiento, mezclando imágenes violentas con una droga que crea malestar físico, la ‘técnica de Ludovico’. Y sientes hasta compasión hacia el niñato violento. Nunca nada es blanco o negro, en el caso de la película de Kubrick es un gris oscuro distópico. Como desprecias totalmente a los cabrones que experimentan con él, Álex se convierte en un símbolo antisistema. Y entonces la industria cultural se dispara en su faceta más esperpéntica y vulgar: se fabrican camisetas, pósters, chapas y disfraces de drugos. Grupos urbanos, y parte de la estética skinhead, lo acogen en su imaginario. Y vestirse como ellos es sinónimo de ser rebelde y desafiar lo impuesto.

Y a mí me jode mucho. A día de hoy, psicólogos y sociólogos no se han terminado de poner de acuerdo en los orígenes de la violencia. Incluso si consideramos parte de la violencia como un recurso o instrumento para un fin más allá del daño inmediato, como pudiese ser la violencia política, no podemos saber en qué momento se activa el mecanismo en el cerebro que desemboca en comportamientos violentos. Vivimos en un mundo violento, de forma directa, simbólica y estructural. Los millones de impulsos que recibimos están cargados de violencia, si entendemos la misma como la privación de derechos, dignidad, y oportunidades de desarrollo de un sujeto; un atentado contra la integridad, ya sea física o no. Sin embargo, la retórica hegemónica es que ‘la violencia es mala’. Se enseña a los críos que no deben tener comportamientos violentos con sus compañeros del cole, pero existen juguetes como la recreación de una cárcel real con su celador, su megáfono y una metralleta.

Yo no rechazo la violencia. Creo que el conflicto, entendiéndose éste como la contraposición de intereses entre varias partes, es consustancial a nuestra naturaleza. O sino nada cambiaría. Y, en ocasiones, en el marco de los conflictos, la violencia es inevitable. Estoy de acuerdo con intentar construir una cultura de paz, pero no con el pacifismo per se. De hecho, yo haría lectura obligatoria a Maquiavelo y a Hobbes en el instituto. Pero no entiendo ni entenderé nunca la violencia por la violencia. No acepto el discurso predominante de que es negativa mientras la industria crea productos violentos. Ahora bien, flaco favor hace a la imagen de la lucha política el hecho de que una panda de autodenominados antifascistas descerebrados ensalcen a personajes como Álex. La estética, en tanto que es simbología, no puede separarse de la ética. Esto último también deberían recordarlo los movimientos pacifistas que se manifiestan con caretas de ‘V de vendetta’.