Un paseo por Montreal

Celia Castellano Aguilera
Celia Castellano Aguilera

Miro la calle desde una cortina discreta. Nada. Como el siempre de los últimos días. No escucho nada, no veo nada. Aunque miro con ganas, como el siempre de siempre. Con frecuencia me empano con la banalidad, que no baila mal. Ayer con esa chaqueta que vestía la silla en el borde de la acera. Hoy con el batido de chocolate de mi madre, con hielo y poca azúcar que, si no, no sabe. Salgo a la calle. No me gusta este barrio. Vive poca gente. Pero hay fábricas y eso mola porque crea cierta retórica en el ambiente de working class aunque viva poca gente y sea muy normal.

Echo a andar. No me sé el nombre de ninguna calle. No me hace falta. Yo no me pierdo. Tampoco me sé el nombre de ninguna calle de Barcelona. Riego y poco más. Y siempre, el siempre de siempre, llego. En Montreal es igual. Además, sé ir a por el pan de Milano, que me recuerda a “milana bonita”. También sé llegar a la casa del señor comunista, que tiene unas escaleras blancas en alto de cuya barandilla cuelga la bandera de Quebec y una tela con la imagen de Laooconte y sus hijos. Y del alfeizar de la ventana, la hoz y el martillo. La combinación es hortera pero un cartel en su jardín que reza “dangerous” disuade toda opinión. El invierno aquí es muy largo…¿Os acordáis de cómo acabó Jack Torrance? Me gusta. No es más raro que el señor griego: un panadero que hace croissants como pelotas de fútbol y bollos que saben a mantequilla. Trabaja todos los días porque tiene que competir adaptándose a una cultura del trabajo de ortodoxa apertura los domingos. Eso me traducen. Yo no hablo con él; sólo le sonrío. Sus obras de arte no superan el colorido del mercado de Jean-Talon que vende la fruta, especialmente las cerezas y las fresas, en cajitas de cartón. He visto coles de color lila y zanahorias rosas pero como no sé hablar francés aún no sé de dónde salen.

En esta ciudad hay muchas bicicletas. Cuando me da por coger la mía, bici municipal que, con espíritu libertino, cada media hora es una distinta, voy al parque de Jarry. Tiene un lago enorme al que dan ganas de tirarse sólo para ver qué hay debajo, como todos los lagos, con ese encanto que despiertan entre la atracción y el pánico. Hay patitos. Patitos pequeños. Y la gente se queda mirándolos como si fuesen algo excepcional y no putos patos. Nunca entendí ese cuento rebosante de presión estética llamado ‘El Patito feo’. Todos son feos. También cohabitan más aves, que no me gustan por culpa de Hitchcock. Y muchos niños correteando; pequeños salvajes a los que quiero empujar al agua con los patos. No lo hago porque, como ya he dicho, no sé francés y no podría explicarle a la policía que un niño se ha resbalado accidentalmente. Ah, aquí hay algunos polis urbanos que llevan pantalones de camuflaje de diversos colores para protestar contra el recorte de las pensiones. He visto uno rosa fucsia y otro de lunares. Parecen paramilitares sacados de una película de Tarantino. Por cierto, ayer encontré una pancarta del 1 de mayo contra la austeridad. A este paso puede que la dejen ahí hasta el año que viene, como las luces de navidad.

Aún no he hablado con la mafia. No los veo con ganas de conversar. Se están haciendo los duros.

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