El periodismo militante y el mundo real: una relación contradictoria

Ayer, antes de entrar a una entrevista, pensaba con detenimiento: estooo, se nos va la pinza. El periodismo militante, o militancia periodística, es la hostia, llega donde los medios de masas no les da la gana llegar, por razones obvias. Medios como La Directa,  Diagonal, La Marea y un largo etc. son esenciales como contrapoder del monopolio informativo, para romper las censuras subyacentes de las superestructuras, como lo fueron los medios de comunicación comunitarios de América Latina o las radios libres de los años 70 en Francia. Ahora bien, con frecuencia algunos periodistas de esta corriente, en la que me he inscrito con fervor hasta hace poco, se olvidan del “mundo real” y parece que escriban para un boletín de un sindicato, para un panfleto rebosante de pasión. No es la primera vez que escucho a compañeros soltar “no ha sido una gran entrevista, no tenía un discurso demasiado trabajado…”. Y yo lo secundaba, con gestos categóricos. Luego creces, te distancias un poco, caen un par de hostias, y te planteas: ¿Pero qué discurso va a tener alguien cuyo primer acercamiento a la política ha sido un desahucio o alguien a quien le persigue la policía cuando está en Plaza Catalunya con la manta? Ninguno. Eso es la vida real, el gran grueso de la población despolitizada en sentido activo, que vive al día, que no puede o no quiere dedicarse a la política. Los activistas y la gente movilizada, entre los que se enmarcan los periodistas militantes, son las minorías activas y, sin embargo, desde la posición elitista de vanguardia, pensamos que somos el centro del mundo, especialmente dentro de la universidad, por razones obvias. Es normal que una persona con discapacidad a quien de pronto le afectan los recortes en inserción laboral no te haga una disertación sobre la toma del poder. Lo extraño sería que te la hiciese. Y es habitual que en lugares como la PAH haya machismo y racismo, lo que no quita que haya que escucharlos y ayudar a reeducar en valores, por mucho rechazo que pueda producir la primera impresión. Pensar que una entrevista no merece la pena porque una persona te cuenta su experiencia, con sus contradicciones y prejuicios como parte de la dialéctica, del devenir, de un mundo diverso, y no lo que piensa del sistema con decenas de argumentos curradísimos es clasismo.

 

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