En defensa del periodismo narrativo


Según el propio Shakespeare no hubo historia de amor más triste que la que sesgaron las espadas de los Montesco y los Capuleto. Yo tengo otra.

Lamentable. Se supone que en la era periodística actual, la información debe ser clara, concisa, y en la medida de lo posible imparcial y objetiva. Las noticias tienen que responder a la estructura de pirámide invertida (organización de datos de mayor a menor importante), y contestar a las preguntas Qué, Quién, Dónde, Cuándo, Cómo, Por qué, paradigma establecido por el sociólogo Harold Lasswell a partir de 1948, momento de eclosión informativa dada la beligerancia mundial. Este prototipo de organización de la información ha conllevado una objetivación de la realidad que no deja lugar apenas para la interpretación utilizando un lenguaje lo más neutro y simple posible, exento de cualquier matiz y, por ende, reflexión, delimitando las fronteras entre información real y ficción a base de dejar la narración literaria para la segunda. No obstante, a partir de los años 60 del siglo XX, diversos periodistas y autores comenzaron a cuestionar el asentamiento de cátedra de este tipo de forma narrativa estructurando textos en los que incluía narración literaria, descripción minuciosa, retrato, e incluso ficción, aunque la combinación ya se había practicado anteriormente. El punto de partida de este tipo de periodismo denominado “New Journalism” se fija en la novela A sangre fría (1966) de Truman Capote, que mezcla un asesinato real de un granjero y su familia de Kansas en 1959 con la forma narrativa de la novela realista. Junto a Capote, Norman Mailer está considerado el promotor principal de esta nueva forma de periodismo.


Autores como Albert Chillón en su manual Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas, hacen una definición de los distintos géneros que hasta la fecha han caracterizado a la redacción periodística y a la tradición literaria. Entre ellos, el ensayo se estructura como una forma de desgranar la realidad interpretando unos hechos constatados, relacionándolos con el conocimiento asentado a priori, y reflexionando sobre ellos. Por otro lado, las biografías y los retratos representan la vida de un sujeto de relevancia descrita de forma literaria para hacer armónica la sucesión de hechos reales. Por su parte, las crónicas de viajes que recibieron su impulso con la eclosión del movimiento romántico también aunaban la realidad y la ficción sin delimitar la línea.


Todos estos géneros tienen una función expresiva por medio de su forma de narrar ya que “el lenguaje no sólo nombra y designa, sino que alude y sugiere. No es sólo concepto racional sino imagen y sensación” (Chillón, 2002: 35) A finales del siglo XIX, periodistas-literatos como Theodor Dreiser comenzaban a hacer escuchar la posibilidad de mezclar la ficción y la realidad. A comienzos del siglo XX empezaron a surgir reportajes en forma de novela de la mano de John Reed con México Insurgente en 1914 en la que narraba la revolución mexicana encabezada por Emilio Zapata, poniendo los antecedentes de lo que sería el gran reportaje novelado de comienzos del siglo XX, caracterizando a los personajes. En 1937, George Orwell narrará en su obra El camino de Wigan Pier las condiciones sanitarias de los mineros ingleses de la época. Escritores como Hemingway acabaron escribiendo en periódicos como Times y Vogue crónicas y reportajes que posteriormente utilizaron para escribir piezas literarias. Otros escritores y cronistas como el catalán Josep Pla y el ruso IIya Ehremburg también realizaron esta hibridación en las primeras décadas del siglo.


Como se ha apuntado anteriormente, la llegada de los años sesenta y los nuevos movimientos sociales y culturales de la época conllevará el cuestionamiento de las formas de narrar predominantes hasta la fecha. Una nueva generación de escritores acabara conformando la denominada corriente del Nuevo periodismo norteamericano. Entre las principales características de un grupo que no acabó siendo un movimiento por su heterogeneidad se encuentran el rechazo a la retórica de la objetividad, que a la hora de la verdad no era tal, y a las formas de narrar convencionales. “Tenían en común dos rasgos esenciales: por un lado el rechazo abierto a las técnicas, rutinas y formas dominantes en la prensa escrita de los Estados Unidos durante la década de los sesenta; y por otro, la incorporación de procedimientos de escritura propios de la novela realista y, en menor grado, de otros géneros literarios, tanto testimoniales como de ficción.” (Chillón, 2002; 223)

Para Tom Wolfe, uno de los periodistas más reconocidos de la nueva corriente, “en aquella época, a mediados de los años sesenta, uno sólo era consciente de que de repente había aparecido una especie de excitación artística en el periodismo y que aquello era algo nuevo en sí mismo.” (Wolfe; 1973) Según Chillón, estas nuevas formas narrativas del periodismo en sus inicios fueron consideradas información poco relevante, relegadas a las secciones de opinión y soft news (noticias blandas), de poco interés. Otros nuevos periodistas destacados fueron Oriana Fallaci y Manuel Leguineche. Por su parte, en la misma época se crea el icono del Periodismo gonzo de mano de Hunter S. Thompson. 


Dentro de la tradición periodística europea, durante el último tercio del siglo XX surgieron numerosas publicaciones que contribuían a la tradición literaria: suplementos culturales de diarios como The Times o magazines de cultura como Ajoblanco, El Europeo, o Rolling Stone. Como periodista de forma literaria destaca Ryszard Kapuscinski en cuyas piezas combina ensayo y poética, siempre con una sólida base documental. (Serrano; 2011) Dentro de las corrientes europeas que giran hacia el periodismo de investigación, es decir, al afán por mostrar datos ocultos sin juzgar, otro de los periodistas que destacan es Günter Walraff por la realización de investigaciones periodísticas a partir de la infiltración en conflictos y situaciones de vulneración de derechos humanos durante años, transformando su identidad. Estas investigaciones acaban en publicaciones de novelas como Cabeza de Turco (1985), sobre la discriminación y xenofobia en la Alemania occidental, experimentadas en diversos trabajos entre ellos en una fábrica fundición Thyssen. “Los procedimientos de trabajo y escritura de Günter Wallraff son un excelente ejemplo de fusión entre la actitud y las técnicas propias del periodismo de investigación y los recursos de composición y estilo acuñados por las tradiciones, netamente literarias, del relato de experiencias y la narrativa realista.” (Chillón, 2002: 317)

Dentro de la tradición periodística española, el nuevo periodismo comenzó a tener lugar en la transición política con el surgimiento de revistas como la Cartelera Turia, Fotogramas, Ajoblanco o Serra d’Or. Periodistas de esta tipología destacan Manuel Vicent, Monserrat Roig, o Maruja Torres. Todos ellos pretendían reivindicar la figura del periodista como un intelectual que interpreta y explica una realidad compleja por lo que había que utilizar de forma expansiva el lenguaje. Según Albert Chillón, “para los nuevos periodistas españoles la voluntad de estilo ha obedecido no a un simple embellecimiento u ornamentación hueros, sino a la convicción de que sólo una escritura estéticamente ambiciosa puede ser una escritura éticamente responsable.” (Chillón, 2002: 359)

Cabe nombrar que numerosas novelas de ficción han tenido como objeto retratar realidades sociales reales a lo largo de la historia. Ejemplos de combinación de realidad y ficción son la novela realista por antonomasia Madame Bobary, de Gustave Flaubert, sobre el romanticismo burgués del siglo XIX, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, sobre la decadencia de la sociedad victoriana también en el siglo XIX, Servitud de Joan Puig i Ferreter, sobre la prostitución del periodismo en la Barcelona de los años 20, o Scoop de Evelyn Waugh, sobre la decadencia del periodismo de corresponsalía británico de los años 40.

Sin embargo toda esta tradición en los últimos años se ha menospreciado. Se considera la objetividad aquella luz que debe guiar al mundo, y se desarrolla una retórica falaz en torno a esta idea ya que depende de cómo se priorice la información ya te estás posicionando, jerarquizando, dando relevancia o quitándosela a unos hechos, aún sin utilizar ningún adjetivo. Como dice el profesor Xavier Giró, “es un acto de cinismo brutal”. Y todo el discurso se olvida cuando el periodismo político se convierte al sensacionalismo y panfletarismo con titulares como “Todo el país contra ETA” de El País en 1997, y aún así se vende como hechos objetivos y no opiniones de unos medios de comunicación serviles y manipuladores. La literatura, la expresividad, han sido relegadas a las columnas de opinión y por lo general no tienen cabida en los reportajes, aún cuando el lenguaje construye, como se ha apuntado anteriormente. El periodismo de datos se ha alzado como garante del rigor obviando la información y los matices que puede otorgar la narración de una historia. Sin embargo, existen medios como  Gato Pardo, Som Atents o Jot Down que actualmente reivindican no sólo la posibilidad sino la necesidad de hacer buen periodismo con la descripción de detalles, la narración de historias, y el uso de los recursos de la literatura para conseguir transportar al lector a las situaciones descritas en pro de la comprensión y la emoción, que no son excluyentes. 

“He esperado casi un mes pero nada, en Italia nadie dice ni pío. A veces en los países se dan extraños y unánimes silencios colectivos que en realidad dicen mucho. Sin ir más lejos lo hemos visto estos días en España con la abdicación del rey, sin que nadie en los grandes medios diga nada medianamente crítico. Sobreviene una especie de hipnosis general de responsabilidad o temor institucional. En el caso de Italia me refiero a algo más grave, la condena definitiva a siete años de cárcel de Marcello Dell’Utri por sus relaciones con la Mafia y por ser durante dos décadas el enlace de Silvio Berlusconi con la cúpula de Casa Nostra.”  Crónicas de la mafia. El gran silencio sobre Berlusconi. 

 

Chillón, Albert. Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas. Barcelona. Ed. Aldea Global. 2002.

Serrano, Pascual. Contra la neutralidad. Madrid. Ed. Península. 2011

Wolfe, Tom. Nuevo Periodismo. 1973. Barcelona. Ed. Anagrama. 1977.

Wolfe, Tom. La Izquierda exquisita & Mau-mauando al parachoques. Barcelona. Ed. Anagrama. 1973.

 

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Looking for ETA

Que los medios de comunicación manipulan y sesgan la información es algo de sentido común para ciertos entornos militantes o activistas, pero no para la gran parte de la ciudadanía, que no tiene alternativas informativas. La cobertura del movimiento antiglobalización en los años 90 demostró que los medios de comunicación en un inicio comenzaban a cubrirlo cuando se producían actos violentos, como los disturbios de Génova contra la cumbre del G8 en 2001 que acabaron con la muerte de Carlo Giulani por un tiro de un policía. Del mismo modo, los disturbios de Gamonal en Burgos el pasado enero o los 4 días de Can Vies en mayo tuvieron una amplia cobertura porque supusieron un problema público pero la cobertura, en sus inicios, se realizó haciéndose énfasis en la violencia (la de los grupos antisistema, no la policial) y no en las reclamaciones y el trasfondo político de los sucesos.

¿La prensa hegemónica en el Estado español cubre a los movimientos sociales? Sí. El 15M y la PAH fueron cubiertos de forma más o menos exhaustiva en el País, que se consideraba un periódico “progresista”, porque han conseguido representar a grandes sectores de una población en crisis. Ahora bien, ¿están dentro de las prioridades de la agenda? Pocas veces y siempre si el fenómeno es tan masivo que es rentable cubrirlo, tanto en términos económicos como electoralistas, como ocurre con la corrupción, en un país en el que la prensa tiene un gran arraigo a los partidos políticos con capacidad de formar gobierno. Según el sociólogo Manuel Castells, “la forma  en  que la  gente piensa  determina  el  destino  de las  normas  y valores  sobre los  que se construyen  las  sociedades.  Aunque  la coerción  y  el  miedo  son  fuentes  decisivas  para  que  los dominantes impongan su voluntad a los  dominados, pocos sistemas institucionales pueden durar demasiado si se basan de forma preponderante en una represión aguda. Torturar cuerpos es menos efectivo que modelar mentes.” (Castells, 2008: 2) Basándonos en este argumento se puede apuntar que los medios de comunicación son imprescindibles para mantener cierto status quo y reglas del juego políticas. Recordemos que los medios de comunicación, al igual que los partidos políticos y grupos de interés, forman frames, es decir, marcos de interpretación de la realidad a partir de enfoques de situaciones. Una palabra, un nombre, e incluso una coma construye.

Uno de los ejemplos más preeminentes en España que secunda este argumento es el intento de criminalizar todo movimiento social potencialmente desestabilizador mediante la relación de la organización armada ETA, actualmente en inactivo. En el ensayo Los Guardianes de la Libertad, de 1988, los profesores Noam Chomsky y Edward S. Herman expusieron que la información en Norteamérica pasaba por cinco filtros antes de ser publicada: La injerencia del capital, la necesidad de conseguir publicidad, las fuentes de información provenientes de agencia o instituciones, la represalias contra todo contenido que vaya contra los poderes políticos y financieros, y el anticomunismo como ideología. Según el ensayo, los medios de comunicación propugnaban el miedo al comunismo como enemigo social. Estos filtros son El Modelo Propaganda. (Chomsky y Hernan; 1988). Tras la caída del muro de Berlín y la desaparición del bloque soviético, este filtro se vuelve más laxo, no obstante como expondrán posteriormente Chomsky e Ignacio Ramonet en su ensayo Cómo nos venden la moto, existe el recurso de inventarse enemigos y magnificarlos como el terrorismo internacional,  con  el  objetivo  de  que  el  “rebaño desconcertado”  no  le  de  tanta importancia  a  las  injusticias  e  incoherencias  de  su  propia  estructura  social,  y  se  entretenga criminalizando a los enemigos exteriores. (Chomsky, Ramonet; 1995). Eso no significa que el terrorismo no tenga importancia capital sino que se utiliza. Si se traslada la misma tesis al caso español podemos concluir que la necesidad de relacionar a los movimientos sociales con ETA se enmarca en el discurso del miedo para criminalizarlos y descentrar a la población de sus demandas económicas y políticas. Esto lo pueden llevar a cabo los miembros del sistema político[1] o los propios medios de comunicación como un actor más. Un ejemplo de esto último es el intento de Telemadrid de relacionar con ETA al nuevo partido político con capacidad de entrar en el sistema: Podemos. Para algunos muy escépticos, como una servidora, la progresiva rebaja del discurso de Podemos, el viraje hacia la socialdemocracia, se entiende en términos de neopopulismo, en tanto que quiere entrar en el gobierno y a todas luces realizar una reforma. Según Larry Diamond, la cultura política de un país son aquellos valores que permanecen en el tiempo y que determinan el comportamiento político de la ciudadanía. En España, dicha cultura es bastante conservadora por lo que si Podemos quiere entrar en el sistema debe suavizar su discurso ya que en sus inicios era bastante rupturista y existe el miedo al cambio, la sombra de la guerra civil porque, aunque sea una farsa a nivel democrático, los últimos 40 años han sido el periodo político más estable del Estado español. Ahora bien, dada la crisis política que ha provocado su surgimiento, es innegable que Podemos tiene capacidad de acabar con el bipartidismo establecido en la Transición, con el binomio PP-PSOE, por lo que para los medios más derechistas arraigados al sistema es necesario difamar a Podemos relacionándolo con ETA, aunque éste no vaya a desestabilizar el panorama político como sí lo haría si un Movimiento Social pro-ruptura si tuviese incidencia.

Sin embargo, cuando el frame sobre ETA ya no cuela existe el recurso de inventarse nuevas amenazas, como ha ocurrido con la detención la semana pasada de 11 militantes del movimiento libertario en el registro de Kasa La Muntanya, 7 actualmente en la cárcel, acusados de “terrorismo”, aunque no se conoce prueba alguna. La policía y la Audiencia Nacional ha catalogado el caso de “terrorismo anarquista” y los medios de comunicación han adoptado el concepto y han publicado titulares, es decir, han sucumbido a la terminología del poder político y judicial y han asumido los cargos. El País ni siquiera se ha molestado en entrecomillar las afirmaciones para resaltar que no son suyas. Recuerda a aquellos tiempos macabros en los que dicho diario autodenominado de izquierdas publicaba “ETA mata en Madrid”, tras el atentado de Atocha de Al Qaeda eL 11 de marzo de 2004, porque era la versión del gobierno de Aznar.

El periodismo de guerra, que no de conflicto

Según los enfoques analíticos de los conflictos armados presentada por el matemático Johan Galtung se puede cubrir un conflicto atendiendo a las reivindicaciones políticas de todas las partes o sólo de la parte del sistema, con una lógica de venganza y de la ganancia por encima de la resolución. En España, el conflicto vasco y la actividad de ETA en múltiples ocasiones, la gran mayoría, ha sido tratada por parte de las cabeceras “de referencia” con el recurso al sensacionalismo, la despersonalización y deshumanización de los presos vascos, de las víctimas del GAL y del Batallón Vasco Español, y con un relativismo brutal sobre los motivos políticos de las actuaciones de la banda.  Es decir, se ha optado por un periodismo de guerra. Se presupone que los medios de comunicación deben dar las claves a la ciudadanía para interpretar el mundo en el que viven. Si su enfoque es de periodismo de guerra, no contribuyen a resolver los conflictos y, por tanto, no ayudan al progreso de la sociedad. Entre otros factores, como el reconocimiento a todas las víctimas, que dejen de detener por indicios imaginarios, o que Otegi salga de la cárcel, el conflicto de ETA en el Estado español no estará superado hasta que los medios de comunicación no dejen de utilizar el discurso del miedo como arma política y electoralista.

Referencias

[1] Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid, afirma que Ada Colau apoya a grupos proetarras:  http://www.publico.es/politica/452640/cifuentes-riza-el-rizo-y-vincula-a-la-plataforma-de-afectados-por-la-hipoteca-con-eta

CASTELLS, Manuel. Comunicación, poder y contrapoder en la sociedad red (I). Los medios y la política. A: Telos, 74, 2008

CHOMSKY, Noam; HERNAN, Edward. Los guardianes de la Libertad. Ed. Crítica, 1988

CHOMSKY, Noam; RAMONET, Ignacio. Cómo nos venden la moto. Información, Poder, y Concentración de Medios. Icaria, 1999

Mi abuelo me quiere fusilar

Es navidad. Se presupone que las familias se reúnen e intentan mantener conversaciones distendidas y veladas agradables aunque existan rupturas internas. Todas las familias tienen conflictos en tanto que son núcleos de actores con intereses, en muchas ocasiones, divergentes. Es posible que en dichas reuniones anuales siempre falte alguien y se intente evitar el tema de conversación que lo saca a coalición en pro de la paz comunitaria. Nos mordemos la lengua. En otras situaciones, puede que el esfuerzo anual acabe en broncas, portazos, lloros y demás expresiones emocionales que estallan cuando la hipocresía se ha erigido la reina de la fiesta y surge aquello que hiciste en 1987 que provocó que estuvieses un año sin hablarte con tu hermano. Y también es posible que estallen discusiones por motivos políticos y no personales. En este punto el twitter se convierte en foco de desahogo. “Mi tío el de Albacete dice que con Franco estábamos mejor.” Unas risas, unos RT, y un poco de sátira. Se suele pasar por alto pero…¿se produce una ruptura? ¿Es la familia una “institución” tan necesaria como para no irse dando el portazo por una discusión política? Que mi abuela llore en nochebuena porque mis tíos no se hablan se concibe como algo normal. Un dramón que a la iaia se le pasa entre el villancico y el chascarrillo. Si yo decido no ir a una comida de navidad con un grupo de filofascistas soy una persona radical e insensible. Aquí la banalización de la política. El ejercicio político entendido como aquello que pasa entre el minuto de discurso de Rajoy en TVE, las noticias sobre el nuevo frame barbie-ken del PSOE, y la intervención de Pablo Iglesias en La Sexta. Una bidireccionalidad ficticia. Una visión de la política americanizada. Mucha estética, poco discurso, y la creencia generalizada de que se puede discutir aún sin incidencia ni implicación alguna, lo que convierte la política en algo intangible, como si fuese la trama de una película. Nadie que no esté muy implicado puede entender que opciones políticas provoquen choques y reacciones cognitivas que repercuten a nivel emocional. Mi tío no entiende que me levante de una mesa porque no quiero escuchar que “los negros de la valla de Melilla se merecen las torturas y el CIE’s”. No cree “que sea para tanto” y soy una intolerante. Pero eso ya es una costumbre. Luego está la gente autodenominada de izquierdas…Mi padre no es capaz de entender que mostrarme una foto de Rita Barberà en liguero para reírse de su físico bajo la palabra “cerda” me cabree. No lo entiende porque “las mujeres del PP no se merecen ninguna consideración”. Y por mucho que le explique que la lucha contra el patriarcado va por encima de cualquier afinidad o actividad partidista no lo entiende. El feminismo es política pero no comprende por qué me enfado y decido irme antes de embarcarme en un debate estéril. Lamentablemente suelo volver.

Odio las comidas de navidad porque, por lo general, sólo se aceptan unos tipos muy concretos de disensión. Que España no sea un Estado con una cultura política proclive a la participación provoca que se le retire el plato de la mesa a alguien por una discusión sobre una herencia pero que no se entienda una ausencia por una divergencia ideológica demasiado chocante, aún cuando las elecciones políticas determinan una u otra forma de vida. Y a la inversa.

Iaio, si fusilarías a todos los rojos comienza por mi que me tienes más a mano.

Última partida

Cuando era pequeña perdía al ajedrez. Mucho. Los ojos de mi madre, mi digna oponente, iban del caballo al alfil, de éste a la reina, de ella al esbozo de posiciones de los contrincantes, y de ese cuadro al esquema que dibujaban sus soldados. Lo hacía de forma sopesada porque es una tía bastante inteligente. Tardaba. Pensaba. Ella tenía una buena visión estratégica; se adelantaba a mis movimientos, me ganaba y yo me cabreaba. No perdía con dignidad y las pocas veces que ganaba no era capaz de ganar con humildad. Ante mi fracaso reiterado cambié mi modus operandi. Me adelanté a su empatía táctica y murió una torre de forma innecesaria. No era un asesinato político ni una muerte en las trincheras. No había objetivo situacional alguno que lo justificase. Quería una “victoria” rápida, si se le puede llamar así, porque en el amor y en la guerra…Para mi sorpresa, mi madre no la vengó. Siguió con su juego reflexivo. Elegante. Pero al poco tiempo se produjeron más daños no colaterales y, obviamente, ante la brutal masacre de sus caballeros ella comenzó a matar. No entendía nada.

_¿Qué haces? ¿Te da igual perder a la mitad del ejercito si te llevas por delante al mío? Tu no sabes jugar al ajedrez. Vete a los recreativos

Gané. Y comencé a jugar así. A matar. No eran guerras de desgaste. Era la kale borroka sin estrategia, por sistema y método, sin contexto ni objetivo. En el juego de tronos o ganas o mueres. Mis oponentes no daban crédito, se indignaban ante una eficacia equiparable, no es por nada, a la de Heydrich durante el III Reich. Sin escrúpulos; sin conciencia. Pero una noche, sin previo aviso, mi dignidad intelectual apuñaló al reconocimiento fácil que suplía mi falta de autoestima y decidí que nunca más volvería a proceder así. Estuve cinco años sin jugar. Para aprender hay que darse de hostias y yo no estaba demasiado dispuesta, la verdad. Fue honesto. Y muy cobarde.

Después me encontré con la política real y su romanticismo. Me enfrenté de nuevo al tablero que me sedujo con una facilidad casi patética. Combinando unos férreos posicionamientos políticos con matices, bastantes matices, un poco de filosofía de calle y algo de sofística me adentré en el inhóspito mundo del juego dialéctico y de la retórica. Una retórica, en ocasiones, de la hostia. Practiqué mucho. Era un discurso con contenido pero con una gran dosis de continente. La atracción del debate in extremis, los retos, y ganar, especialmente contra gente más mayor y más experimentada era muy fuerte. Llegó de nuevo la adicción. Pronto la retórica trascendió con creces al contenido; no eran proporcionales, la cuestión era ganar como fuese mediante la oratoria y la manipulación afectiva. La sensación de haber acabado públicamente con un argumento contrario en dos movimientos no tenía precio aunque hubiese sido de forma rastrera. Me intenté desintoxicar de nuevo. Hay una gran diferencia entre llevar razón y saber llevar razón.

Tras un tiempo de relativa inactividad para depurar mente, cuerpo, y alma, especialmente alma, he vuelto a la escena de la política no institucional. Mediante la visión panorámica de mi entorno político que me ha ofrecido el último año constato, de nuevo, que existen muchas formas de entrar a matar. Unas son más inteligentes que otras pero todas hay que saber cómo y cuándo utilizarlas, como recurso, que no método, porque sino no sabes jugar. Y si no sabes jugar, tarde o temprano, mañana o dentro de diez años, perderás sin dignidad.

La traición

Es pequeño y está mayor pero funciona como el primer día, aunque las cataratas le impidan leer la tarjeta de memoria con la que antaño tan bien se coordinó. Es el típico móvil de mediados de la década del 2000 de la clase trabajadora que no está para ostentaciones: algo tímido, sin un gran físico, no le gusta ser el centro de atención…Ese teléfono que te compró tu madre no si antes decirte: “Esto es lo que hay. Ni se te ocurra quejarte. Yo no pude tener uno hasta los 35”.

Acepté con mucho gusto su compañía. Estuvimos juntos un par de años pero al crecer procedí a su renovación. Ya sabéis, los estragos del capitalismo y la creación de necesidades internautas. La llegada del Whatsapp a nuestras vidas como una droga dura. Sin cortar.

Sí. Dejé de lado al guerrero que había luchado a mi lado contra la regresión de derechos en las manifestaciones de los 15 y 16 años. Un combatiente digno y tenaz que más de una vez cayó y se levantó. Guardé su recuerdo en un cajón donde el tiempo es un concepto tan intangible que ni transcurre. Pero los nuevos móviles que lo relevaron, acostumbrados a la comodidad y la sofisticación táctil de la sociedad del consumo, murieron en los primeros asaltos del ring. Entonces yo, pérfida traidora postmoderna, recurrí una y otra vez a él cada vez que mis interesados amantes tecnológicos me abandonaban, como el que tiene un recurso en la recamara para paliar su soledad. Y como la vida es un continuum de erotismo, cada vez que mi adicción a la intensidad se traducía en el contacto con algún miembro de la comunidad masculina, es decir, cada vez que procedía a echar un polvo con cierta continuidad me apuntaba el número de teléfono de mi nuevo compañero en la agenda del que tanto me amaba que soportaba, con marcado estoicismo, la humillación de ser el segundo plato que se ingiere con desgana. Únicamente esos números por lo que siempre había muy pocos en proporción a lo que sería una agenda con la multiplicidad de personas que integran una vida. Hoy me ha dado por mirar la agenda. Sólo hay tres números. Son importantes.