Última partida

Cuando era pequeña perdía al ajedrez. Mucho. Los ojos de mi madre, mi digna oponente, iban del caballo al alfil, de éste a la reina, de ella al esbozo de posiciones de los contrincantes, y de ese cuadro al esquema que dibujaban sus soldados. Lo hacía de forma sopesada porque es una tía bastante inteligente. Tardaba. Pensaba. Ella tenía una buena visión estratégica; se adelantaba a mis movimientos, me ganaba y yo me cabreaba. No perdía con dignidad y las pocas veces que ganaba no era capaz de ganar con humildad. Ante mi fracaso reiterado cambié mi modus operandi. Me adelanté a su empatía táctica y murió una torre de forma innecesaria. No era un asesinato político ni una muerte en las trincheras. No había objetivo situacional alguno que lo justificase. Quería una “victoria” rápida, si se le puede llamar así, porque en el amor y en la guerra…Para mi sorpresa, mi madre no la vengó. Siguió con su juego reflexivo. Elegante. Pero al poco tiempo se produjeron más daños no colaterales y, obviamente, ante la brutal masacre de sus caballeros ella comenzó a matar. No entendía nada.

_¿Qué haces? ¿Te da igual perder a la mitad del ejercito si te llevas por delante al mío? Tu no sabes jugar al ajedrez. Vete a los recreativos

Gané. Y comencé a jugar así. A matar. No eran guerras de desgaste. Era la kale borroka sin estrategia, por sistema y método, sin contexto ni objetivo. En el juego de tronos o ganas o mueres. Mis oponentes no daban crédito, se indignaban ante una eficacia equiparable, no es por nada, a la de Heydrich durante el III Reich. Sin escrúpulos; sin conciencia. Pero una noche, sin previo aviso, mi dignidad intelectual apuñaló al reconocimiento fácil que suplía mi falta de autoestima y decidí que nunca más volvería a proceder así. Estuve cinco años sin jugar. Para aprender hay que darse de hostias y yo no estaba demasiado dispuesta, la verdad. Fue honesto. Y muy cobarde.

Después me encontré con la política real y su romanticismo. Me enfrenté de nuevo al tablero que me sedujo con una facilidad casi patética. Combinando unos férreos posicionamientos políticos con matices, bastantes matices, un poco de filosofía de calle y algo de sofística me adentré en el inhóspito mundo del juego dialéctico y de la retórica. Una retórica, en ocasiones, de la hostia. Practiqué mucho. Era un discurso con contenido pero con una gran dosis de continente. La atracción del debate in extremis, los retos, y ganar, especialmente contra gente más mayor y más experimentada era muy fuerte. Llegó de nuevo la adicción. Pronto la retórica trascendió con creces al contenido; no eran proporcionales, la cuestión era ganar como fuese mediante la oratoria y la manipulación afectiva. La sensación de haber acabado públicamente con un argumento contrario en dos movimientos no tenía precio aunque hubiese sido de forma rastrera. Me intenté desintoxicar de nuevo. Hay una gran diferencia entre llevar razón y saber llevar razón.

Tras un tiempo de relativa inactividad para depurar mente, cuerpo, y alma, especialmente alma, he vuelto a la escena de la política no institucional. Mediante la visión panorámica de mi entorno político que me ha ofrecido el último año constato, de nuevo, que existen muchas formas de entrar a matar. Unas son más inteligentes que otras pero todas hay que saber cómo y cuándo utilizarlas, como recurso, que no método, porque sino no sabes jugar. Y si no sabes jugar, tarde o temprano, mañana o dentro de diez años, perderás sin dignidad.