Conflicto en Gràcia, una cobertura sesgada

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¿Qué tal estas últimas noches haciendo running por Gràcia? Bien, ¿no? Gimnasio de gratis.

Uno de los factores que más se han criticado de las tres noches de disturbios y cargas policiales en Gràcia por el desalojo del Banc Expropiat, ha sido, sin duda, la cobertura mediática de algunos medios generalistas. Véase TV3, véase la Vanguardia o El Mundo.

Usualmente, como periodista (y mucho menos como activista) no espero una cobertura exhaustiva y de un rigor potente por parte de este tipo de medios sobre la violencia política. Sí, violencia política. Porque los disturbios de Gràcia son motivados por causas políticas y con objetivos políticos: comunicar un conflicto y disputar a las instituciones el reconocimiento de una propiedad para el barrio que se considera legítima, un centro que además hacía actividades políticas y aglutinaba diversas ideologías. Todo ello en un marco de disputa política permanente. Estructural. Independientemente de valoraciones éticas, estés de acuerdo o no, tiene explicación política, colega, y se debe tratar como tal.

Dedicar un par de líneas a explicar las reivindicaciones de dos mil personas y tres párrafos recreándose en la violencia callejera, con imprecisiones, generalizaciones y asunciones ideológicas, es una despolitización brutal del conflicto. Es un sesgo que omite información y criminaliza a una de las partes, con lo cual la ciudadanía no tiene toda la información necesaria para poder valorar si aprueba o no lo que ocurre, hacerse preguntas y/o replantearse esquemas. Es un “error” equiparar la violencia de Gràcia al vandalismo común de unos guiris liándola tras un partido de fútbol, sin explicar los orígenes del conflicto. Esto es lo que han hecho los medios de masas con respecto a esta situación, como de costumbre. Es lo que vende titulares, más allá de sus filtros políticos.

Este fragmento de La Vanguardia me encanta: “Es fácil detectar a los radicales violentos porque actúan como si hubieran recibido instrucción militar”. Fiiirmes.

En este sentido, no se ha dado voz a todas las partes del conflicto. Si bien es cierto que no siempre es fácil acceder a determinados círculos y que el “¡no grabes!” está a la orden del día, tampoco parece que los medios hayan mostrado mucho interés en compensar partes. En cualquier conflicto político, para poder entenderlo y avanzar hacia una resolución, todas los implicados deben tener oportunidad de expresarse, como Jané o Colau, y debe existir un equilibrio. En el mismo sentido, según El País, los vecinos están en contra de los disturbios porque sus testimonios, aquellos que han entrevistado, así lo aseguran. ¿Dónde están los vecinos que la tercera noche apoyaban la protesta desde los balcones, triplicándose en número respecto las noches anteriores? En cuanto a los heridos, las cifras que los medios han priorizado son cifras policiales, que son una de las partes activas del conflicto. Y muy activas. ¿Los 19 manifestantes heridos de la segunda noche no deberían estar en el titular como los Mossos, TV3? Cierto es que luego lo han corregido en otra noticia, tras recibir diversas críticas en las redes. Sin título

Siguiendo en esta línea, los medios han minimizado y relativizado la actuación policial de la Brigada Mòbil (BRIMO). Stop victimismo. Si la lías, te la juegas y lo asumes, más allá de que la violencia policial ha sido desmesurada en todos los casos, y de que la integridad física está por encima de cualquier altercado contra containers y vidrios. Pero debería ser de denuncia de primer orden que los Mossos le abran la cabeza a manifestantes “rasos”, agredan a periodistas y disparen a los balcones porque los vecinos aporrean cazuelas. Esto algunos medios como El País o El Mundo, en términos generales, no lo han explicado más allá de permitirme la corrección política de informar de “duras cargas policiales”.  Por contra, se enfatizan las supuestas heridas leves de los agentes de policía (¿tendiditis?). Algunos titulares, elemento informativo primordial, que no hablan de la grave actuación policial y en, algún caso, incluso los victimiza:

  • Los Mossos avisan que volverán a actuar “con firmeza” en caso de nuevos disturbios en Gràcia (La Vanguardia, 24/5/16)

  • Seis mossos heridos en el reintento de reocupación del Banc Expropiat (El Mundo, 24/5/16)

  • Sis mossos ferits lleus i diversos contenidors malmesos en la segona nit d’aldarulls a Gràcia (Diari Ara, 25/5/16)

  • Tercera noche de altercados en Gràcia pese al blindaje policial (El Periódico, 26/5/16)

  • Gràcia, la ratonera de los mossos (El Mundo, 27/5/16)

Todo esto nos traslada a la corriente de investigación del Análisis Crítico del Discurso (ACD) del lingüista Teun Van Dijk. Según este enfoque los discursos son ideológicos y construyen la realidad social, al mismo tiempo que son construidos por la misma. Los discursos de los medios, como actores con intereses propios, pueden dirigirse a establecer o reforzar formas de dominación social. Mediante el lenguaje, la priorización, la jerarquización de la información y las voces que aparecen en las piezas informativas, entre otros. O no.

“El análisis crítico del discurso es un tipo de investigación analítica sobre el discurso que estudia primariamente el modo en que el abuso del poder social, el dominio y la desigualdad son practicados, reproducidos, y ocasionalmente combatidos, por los textos y el habla en el contexto social y político. El análisis crítico del discurso, con tan peculiar investigación, toma explícitamente partido, y espera contribuir de manera efectiva a la resistencia contra la desigualdad social”. (Van Dijk, 1999, pág. 23).

Según afirma el profesor Xavier Giró, Van Dijk ha establecido el análisis del discurso a partir de lo que identifica como Cuadrado ideológico, que viene a ser un gol por toda la escuadra a la ciudadanía mediante una manipulación sutil, que en muchos casos no requiere de un lenguaje panfletario ni mentir ni manipular imágenes al estilo de ABC.

“Para legitimar su posición, los actores intentan que el discurso —el suyo y el de los medios— se despliegue siguiendo las líneas de lo que Van Dijk ha denominado el cuadrado ideológico, a saber: Maximizan los éxitos, aciertos, virtudes, victorias propias y de los aliados; minimizan los éxitos, aciertos, cualidades , victorias de los enemigos y sus aliados; maximizan los errores, desaciertos, vicios, derrotas de los enemigos y sus aliados; y minimizan los errores, desaciertos, vicios, derrotas propias y de los aliados. Es el camino de la legitimación de nuestras siempre guerras justas”. (Giró, 2006, pág. 202).

Al amparo de este enfoque, me apuesto lo que queráis a que las actividades que el Banc Expropiat ha convocado para hoy en el barrio, netamente pacíficas, no tendrán noticia a menos que se líe o haya mucha gente. No vaya a ser que incremente su legitimidad el proyecto. Molaría hacer un análisis exhaustivo.

Luego hay otros niveles de manipulación pura y sin cortar como La Razón titulando “Diputados de la CUP participaron en los disturbios de Gràcia” o “La CUP agita a los “okupas” contra Colau”. Bien, como podéis imaginar, esto lo cito para recrearme, básicamente, ya que ni tan sólo considero que sea un medio informativo.

Es cierto que los medios de comunicación de masas con sus rutinas de trabajo full time, con sus ERE’s y la ruina que ellos se han buscado y que está puteando a los trabajadores, limitan mucho la capacidad de actuación de los periodistas. No obstante, ello no les exime de intentar hacer una cobertura correcta. De hecho, por liberales que sean, no todos los medios del sistema capitalista se comportan igual, como demostraron en los años 70 y 80 muchos periodistas británicos con su cobertura del conflicto de IRA. En este punto, a modo de (auto)crítica, no caigamos en un análisis recurso de panfleto barato. Los sectores movilizados deberíamos aprovechar las pocas brechas existentes del sistema mediático como recursos para explicarnos, sin olvidar que no jugamos en casa y que en este tablero, no pasamos de peones.

El Banc Expropiat convocó ayer a las 18h una merienda para “explicar lo que no explica la prensa” a los vecinos. A esos mismos vecinos que han apoyado la protesta desde los balcones. Que tienen vidas de la calle.

Una sociedad bien informada es una sociedad con criterio. Una sociedad activa.

 

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Del anticomunismo americano a The Americans

“Pensaba que los americanos sabían que hasta en las guerras encubiertas hay normas. Me equivoqué”. Esta frase de la primera temporada resume el carácter de la serie The Americans: “¡Chavales!, vais a empatizar con los agentes del KGB. Os van a caer bien y hasta puede que los del FBI os parezcan unos mierdas”. Contraste brutal con más de medio siglo de producciones estadounidenses anticomunistas.

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I was a communist for the FBI (Gordon Douglas, 1951)

Como era de esperar, en plena Guerra Fría, EEUU adoptó la estratégica costumbre de arremeter contra la URSS con tal de frenar ideas disidentes del sistema liberal. Y lo hizo sin cortarse. Los estadounidenses iniciaron una ofensiva propagandística utilizando el aparato de legitimación política por definición: el sistema informativo. Es lo que, discrepancias a parte, Noam Chomsky y Edward S. Herman definieron en su libro de 1988, Manufacturing Consent, como el quinto filtro de los medios de comunicación: “el anticomunismo como ideología”. Filtro del denominado ‘Modelo Propaganda’ que ha sido como un cuchillo encarnizado, no sólo en los noticiarios y las publicaciones culturales, gran parte de ellas financiadas por la CIA, sino también en la industria cinematográfica.

Así, a finales de 1944, se creó en la cumbre del cine la Motion Picture Alliance of Preservation of American Ideals (MPAPAI) que, con anticomunistas al frente como Sam Wood y John Wayne, aseguró que entre los miembros de la industria se estaban colando “ideas subversivas”. Y aunque ciertamente, durante los años 30, los partidos comunistas europeos habían recibido apoyo del mundo del arte y el Partido Comunista Americano había contribuido a incrementar la conciencia social, se tachó de comunista a todo aquel que tuviese ideas de tendencia progresista, por socialdemócrata refor que fuese. Con ello se sentaron las bases de una persecución que duraría hasta la mitad de los años 50.

En 1947, el Comité de Actividades Antiestadounidenses, House on Unamerican Activities Comittee (HUAC), puso el punto de mira en Hollywood, como supuesto nido de comunistas, por su gran poder de difusión de ideas y haber contribuido a legitimar el New Deal. Los primeros en ser investigados fueron los miembros del Screen Writers Guild, el sindicato de guionistas. En octubre del mismo año, se creó la primera comisión parlamentaria contra la infiltración comunista, presidida por el congresista Parnell Thomas. El mismo 19 de octubre, la comisión inició las audiencias públicas en Washington para hacer declarar a cuarenta y un artistas y profesionales de la industria cinematográfica sospechosos de deslealtad a EEUU. Entre los investigados, se encontraban creadores como Bertolt Bretch, Lewis Milestone, Richard Collins, Frank Capra, Herbert Biberman y Charles Chaplin, cuyo caso merece un artículo aparte. De los cuarenta y uno, diecinueve de ellos fueron considerados testigos hostiles y diez miembros de Hollywood condenados a entre seis meses y un año de prisión por desacato al tribunal, al negarse a contestar las preguntas relacionadas con el Partido Comunista. Parte de su “delito” fue acogerse a la 1ª enmienda de la Constitución, defensora de la libertad de expresión. La Motion Picture Producers and Distributors of America (MPPDA), alejó a los diez de la actividad cinematográfica, pese a que más de quinientas personalidades del mundo del cine habían creado el Comité por la 1ª Enmienda para darles apoyo. Cabe destacar que posteriormente parte de estos manifestantes a favor de la libertad creativa se retractaron. Valientes traidores…

En 1950, el director John Berry dirigió el documental The Hollywood Ten, lo que no impidió que se produjese una segunda oleada de caza de brujas entre 1951 i 1952 que, de hecho, también incluyó a Berry. Fue lo que se conoce como Macartismo: política interna basada en la acusación e investigación de todo aquel sospechoso de tener vínculos con el comunismo. Adoptando el nombre de su promotor, el senador republicano Josep MaCarthy, esta política conllevó un sinfín de acusaciones indiscriminadas, procesos penales irregulares y listas negras. Aunque MaCarthy apuntó especialmente a infiltraciones dentro del Departamento de Estado (y posteriormente del ejército), los miembros de Hollywood no se libraron de las nuevas investigaciones de la comisión presidida por el parlamentario John S. Wood. Gran parte de los sospechosos no pudieron volver a trabajar en EEUU.

 “¿Y quién era sospechoso? Pues todo aquel a quien un colega acusara de serlo y que a su vez se negara a delatar a un tercero. Durante aquellos vergonzosos años en Hollywood circulaba una lista negra. Quien formara parte de ella no encontraría trabajo en la ciudad. Aunque eso sí, hubo quien sobrevivió haciéndose pasar por otros. El guionista Dalton Trumbo, por ejemplo, firmó bajo seudónimo guiones como el de Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953) o The Brave One (Irving Harper, 1956)”[1]

 

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El telón de acero (William A. Wellman, 1948)

Pero en el intento de control de “ideas subversivas” no se acaba el cuento. Con antecedentes como la popular Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939), entre 1947 y 1956 proliferó la producción de películas anticomunistas, en parte por miedo a despertar algún ápice de sospecha. Algunos de los films paradigmáticos de ese momento fueron Telón de acero (William A. Wellman, 1948) sobre un miembro de la Embajada rusa en Canadá que decide desertar tras descubrir un entramado de espionaje soviético de armas atómicas; The Whip Hand (William Cameron Menzeis, 1951) en la que los soviéticos a cargo de una cárcel usan a prisioneros como conejillos de indias para crear armas biológicas; I was a communist for the FBI (Gordon Douglas, 1951), film sobre una infiltración en las filas soviéticas, nominado al Óscar como mejor película documental; Correo Diplomático (Henry Hathaway, 1952) sobre los supuestos planes de Stalin de invadir de Europa y Mi hijo John, dirigida por Leo McCarey también en el 52, sobre  una familia americana “decente” que descubre que su hijo, muy arraigado a círculos intelectuales, es comunista. En este punto, no podemos olvidar películas de ciencia ficción sobre invasiones extraterrestres, en sintonía con el inicio de la carrera espacial. Un ejemplo de ellas es La invasión de los ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956), en la que se pregunta si los alienígenas llegarán a ser “opresores” como los comunistas. Cabe destacar, no obstante, que la gran mayoría de películas anti-comunistas fueron producciones serie B que no tuvieron el éxito esperado en taquilla. Uno de los motivos fue que la juventud estaba más interesada por ver a James Dean con tupé y chupa de cuero en Rebelde sin Causa (Nicholas Ray, 1955). Sin embargo, sí que dejó huella el cortometraje documental de animación, Duck and Cover, de Anthony Rizzo, financiado por el Gobierno Federal y estrenado en 1952. En nueve minutos, una tortuga llamada Bert muestra cómo protegerse de una explosión nuclear, apelando al miedo del espectador ante la expansión atómica de la URSS de comienzos de década.

Los años 60, por su parte, llegaron con las corrientes de pensamiento posmodernas por lo que la represión y producción estadounidense, abiertamente anticomunista, se suavizó. Tras la crisis de los Misiles de Cuba en 1962, ambos bloques decidieron disminuir su beligerancia política por lo que la información no podía basarse en la demonización constante. La nueva estrategia, se basaba en reforzar las supuestas características positivas del sistema americano por medio del bienestar sus habitantes. Ya a mitad de los 50, EEUU había desarrollado programas de producción de películas como Militant Liberty, dirigido a incluir el tema de la ‘libertad’ en los films. Al camuflarse el mensaje político explícito, la propaganda adquirió efectividad. Se exaltaba la sociedad del consumo y se vendía al americano medio como un tipo (hombre, por supuesto) con nivel económico alto, trabajo cualificado y con todo a su alcance en el sistema capitalista. La proclama ¡Comprad y seréis felices! y “La chispa de la vida” de Coca cola representaban el progreso del mundo occidental. Las mujeres, con un tipazo todas, trabajaban de secretarias o similar, el estatus deseable según la consideración social femenina del momento. Estaban destinadas a tener hijos modélicos, en casas de color pastel, con dos coches aparcados en el garaje y una barbacoa para dar de comer a un regimiento. Era la cumbre de la American Way of Life surgida en el despegue económico de los años 50 y unida al baby boom. Este nuevo paradigma, ocultaba la violencia, la miseria en zonas marginales y los conflictos interaciales. Desde una visión profundamente estética de la sociedad, servía de caldo de cultivo a la xenofobia, el machismo y todo aquello que supusiese desigualdades sociales. ¿Y qué decir del ejército? Entre los años 50 y comienzos de los 70, las oficinas de Cinematografía del Ministerio de Defensa ofrecieron colaboración a más de 240 producciones, con tal de asegurarse que las fuerzas armadas tuviesen una imagen positiva en pantalla. Demasiados muertos en Vietnam.

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Rocky vs Ivan Drago

A partir de los años 80, la Administración Reagan potenció el anticomunismo, lo que desembocó en uno de los periodos más tensos de enfrentamiento con la URSS. Pocos antes de la caída del Muro de Berlín y la desintegración soviética, la industria cinematográfica aún nos dejó caer perlas abiertamente propagandísticas como Amanecer Rojo (John Milius, 1984), sobre la invasión (ficticia) de un pueblo de Colorado por parte de tropas soviéticas, cubanas y nicaragüenses que provoca el estallido de la III Guerra Mundial. Otra de las históricas en este ámbito es Rocky IV (Silvester Stallone, 1985). En el film, de los más taquilleros de la saga, los rusos, representados por el boxeador Ivan Drago y cia, son máquinas sin sentimientos, prácticamente cyborgs, entrenadas en el más frío de los sistemas. Mientras, la parte emocional y humana de la película la lidera Rocky, quien hace un llamamiento a la paz entre bandos después de que “los malos” maten a su amigo. También merece mención La Caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), sobre el capitán de un submarino nuclear soviético que decide desertar por venganza personal. Necesitaríamos decenas de estudios para poder abarcar todas las producciones de la época.

Hará falta que pasen 30 años para que Joe Weisberg cree The Americans, serie estadounidense del FX Network de 2013, ambientada en los años Brézhnev-Andrópov y Reagan. La historia gira en torno a las aventuras de Elisabeth y Phillip, casados y con dos hijos. Son dos Ilegales del KGB, agentes infiltrados como americanos en Washington DC con una vida aparentemente de lo más convencional. No son representantes del mal, ni mucho menos. Piensan, sienten y sufren. Mostrando una sangre fría que hierve, viven una vida revestida de ese (típico) morbo que despiertan las historias de espionaje. Eso sí, nada del modus 007. Es una angustia constante. Parece que no duerman nunca, abren el grifo de la cocina cada vez que necesitan hablar y no dejan bajar a sus dos hijos preadolescentes al cuarto de la lavadora. No sólo deben compaginar su trabajo con la vida social y lidiar con los niños, coartada de su trabajo y lo más real que tienen, sino que además no saben si el amor que hay entre ellos dos existe o es simplemente una parte más de la misión. Mola, ¿eh?

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The Americans

Con un formato que da más juego que una película, un desarrollo clásico de la trama y un equilibrio entre temporadas, la historia intenta representar, sin dejar de ser ficción, los elementos que el cine acrítico de la época no permitió: los dilemas morales. La duda sobre las causas políticas que para ellos legitiman sus acciones, sobre el sufrimiento, sobre el pensamiento sistemático. Se cuestiona abiertamente si merece la pena sacrificar la vida personal por la defensa de la patria y se representan los conflictos de intereses, las ambiciones personales y la corrupción existente en ambos bandos. La serie se posiciona. Guía al espectador a través de una crítica sutil a la forma de vivir de los agentes soviéticos, a la estricta formación, sacrificio y austeridad, pero también a la Guerra de Vietnam, al entrenamiento de muyahidines en Afganistán por parte de EEUU, a los tiros por la espalda y a la sociedad consumista americana, profundamente absorbente, en la que crecen los hijos de Elisabeth y Philip.

¡Pero, ojo! Como demostró Kubrick en 1964 con la gran parodia sobre la doble moral de EEUU en la Guerra Fría, Teléfono Rojo, Volamos hacia Moscú, existe un abanico de colores. Pese que en los últimos años el comunismo en los medios de masas se ha convertido en una moda, una parte más de la industria de camisetas y llaveros de la cultura pop, en 2012 Dan Bradley decidió hacer un remake de Amanecer Rojo, si bien cambiando a los soviéticos por norcoreanos apoyados por rusos como los malos malísimos. Visto el momento de beligerancia mundial que vivimos, habrá que ver qué próximas joyas nos ofrece el cine y la televisión, pesos pesados de la industria cultural, siempre reflejo del contexto político. Por ahora, y desde comienzos del siglo XXI, nos tienen muy entretenidos con las producciones sobre terrorismo islámico, como Homeland, dentro de ese afán por remarcar la idea de enemigo internacional que profesa EEUU, cual dogma sacro. “We are de terror”, sentenciaron sin remilgos Frank y Claire Underwood. 

Referencias

El cine negro americano, François Guerif. (RBA), 1995

La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders (Ed. Debate), 2013

[1] El cine contado con sencillez. Juan ZavalaEliodoro Castro-VillacañasAntonio Carlos Martinez Rodriguez (Ed. Maeva), 2000

Adéu, Baños

Que caos más estimulante, ¿no? Parece que se confirma la noticia. Antonio Baños, hasta ahora diputado de la CUP, dimitirá. Lo anunció el pasado 4 de enero, un día después de que el Consejo Político de la CUP decidiese que no investiría al que hasta hace nada era el sexypresi de la Generalitat, vanguardia del Procés para los medios de comunicación generalistas, Artur Mas. Todo parecía apuntar que el discurso del NO a Mas había ganado, que sus caballeros no lo traicionarían aportando otro candidato y que el frame del salvador de la patria se rompía a cambio de unas nuevas elecciones. Discurso que muchos habíamos asociado erróneamente al NO a Convergència, mientras que otros lo habían sostenido centrándose en la figura de Mas, con más impulso estético que argumentos. En este punto, Baños anunciaba su dimisión por, según él, no estar de acuerdo con el NO, pese a haberlo defendido fervientemente en campaña. Pero para sorpresa de independentistas del No, independentistas del Sí, unionistas y los que ni fu ni fa, la CUP y Junts pel Sí llegaron hace tres días a un acuerdo por la investidura del gironí Carles Puigdemont, para iniciar el supuesto camino de 18 meses hacía la formación de la República catalana, y evitar las elecciones de marzo que tanto miedo dan a un independentismo que no tiene muy claro con qué base social cuenta. Y en este momento en el que el acuerdo nos pilla a todos con el timeline de twitter rebosante de especulación, Baños dice que puede que se quede. Y posteriormente especifica que si la CUP se lo pide, se queda.

No sé qué pensarán exactamente sus compañeros, los militantes de la CUP y las filas de la EI pero yo, como pro-indepe con afán de cargarse el sistema del 78 y la supuesta unidad de una España antidemocrática hecha con escuadra y cartabón, digo que NO a Baños. Algunos hablan de comprensión de la dimisión. Otros dicen que Roma no paga traidores. Y en este mar de histeria generalizada de los últimos tres meses, provocada y auspiciada por unos medios de comunicación carroñeros, peña unineuronal, un frente de masas en la práctica extinto (ANC), falta de estrategia con perspectiva y errores comunicativos propios, nos olvidamos de las formas. Unas formas que más de uno ha perdido por el camino. Baños está en su derecho de dimitir, como lo estaría cualquier otro diputado, más aún si no hay disciplina de partido. El problema no es tanto el qué como el cómo.

Yo no sé si sale muy a cuento tener a un diputado que dice en caliente, antes de que acaben las negociaciones y la otra parte se pronuncie, que dimite porque no puede defender un NO que defendió en campaña, dejando tirado al partido un día después de la decisión y reafirmando así la imagen de ruptura interna. Y que cuando se llega a un acuerdo, y varios diputados de la CUP se comprometen a dimitir por dicho acuerdo, recula y dice que puede que él se quede. ¿Qué se ha pensado que es esto? ¿Una fiesta a la que puedes decidir asistir o no en el último momento según la música que se pinche? No. Baños no ha sido coherente con respecto a lo que prometió en campaña. No ha “quedado como un señor”, como se dice por ahí. Algunos argumentan que todos pensábamos que íbamos a marzo y que por tanto su decisión es comprensible. Yo difiero. Yo, tú, y el que está tirao en el sofá podemos dejarnos llevar por los impulsos, por la emocionalidad porque por nosotros la gente del mundo real no ha emitido un voto. Un diputado no. Él se ha ganado una responsabilidad buscada. Y no ha estado a la altura. Ni política ni comunicativamente. Quizás es que la política de palestra y pinganillo con proyección social se le queda grande. Adéu Baños.

El periodismo militante y el mundo real: una relación contradictoria

Ayer, antes de entrar a una entrevista, pensaba con detenimiento: estooo, se nos va la pinza. El periodismo militante, o militancia periodística, es la hostia, llega donde los medios de masas no les da la gana llegar, por razones obvias. Medios como La Directa,  Diagonal, La Marea y un largo etc. son esenciales como contrapoder del monopolio informativo, para romper las censuras subyacentes de las superestructuras, como lo fueron los medios de comunicación comunitarios de América Latina o las radios libres de los años 70 en Francia. Ahora bien, con frecuencia algunos periodistas de esta corriente, en la que me he inscrito con fervor hasta hace poco, se olvidan del “mundo real” y parece que escriban para un boletín de un sindicato, para un panfleto rebosante de pasión. No es la primera vez que escucho a compañeros soltar “no ha sido una gran entrevista, no tenía un discurso demasiado trabajado…”. Y yo lo secundaba, con gestos categóricos. Luego creces, te distancias un poco, caen un par de hostias, y te planteas: ¿Pero qué discurso va a tener alguien cuyo primer acercamiento a la política ha sido un desahucio o alguien a quien le persigue la policía cuando está en Plaza Catalunya con la manta? Ninguno. Eso es la vida real, el gran grueso de la población despolitizada en sentido activo, que vive al día, que no puede o no quiere dedicarse a la política. Los activistas y la gente movilizada, entre los que se enmarcan los periodistas militantes, son las minorías activas y, sin embargo, desde la posición elitista de vanguardia, pensamos que somos el centro del mundo, especialmente dentro de la universidad, por razones obvias. Es normal que una persona con discapacidad a quien de pronto le afectan los recortes en inserción laboral no te haga una disertación sobre la toma del poder. Lo extraño sería que te la hiciese. Y es habitual que en lugares como la PAH haya machismo y racismo, lo que no quita que haya que escucharlos y ayudar a reeducar en valores, por mucho rechazo que pueda producir la primera impresión. Pensar que una entrevista no merece la pena porque una persona te cuenta su experiencia, con sus contradicciones y prejuicios como parte de la dialéctica, del devenir, de un mundo diverso, y no lo que piensa del sistema con decenas de argumentos curradísimos es clasismo.

 

Cuando Ovidi y Gramsci dijeron “basta”

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¿Sabéis lo que es el merchandising? Es la producción y venta de artículos de consumo en base a un fenómeno social o moda con gran seguimiento de la población. Y se hace a distintos niveles. Son los bolis, tazas y despertadores del Barça. Las camisetas de grupos de música, películas y artistas. Es la imagen del Che Guevara impresa en tela y en papel a partir de los 90, cuando el comunismo dejó de ser un peligro (y objeto de propaganda) para pasar a ser uno más de los productos de la cultura pop que las corrientes posmodernas traían. Y la camiseta del Che la llevan niños y adultos, gente implicada en política y gente que no lo está. Es la legitimidad general del Working Class Heroe de Sergio Ramos. Es la despolitización de la política. La estética por encima de la ética.

En este punto, una piensa: hagamos en cadena camisetas del cantautor Ovidi. Fijo que ya se están haciendo. Hagamos toallas para la playa, vasos, libretas con su cara. ¿Qué os parece? Alguno dirá “te has vuelto loca, cómo manchar así su imagen…”. No, su imagen la mancháis todos los que actualmente caéis en la mitomanía con un artista humilde que no pretendió convertirse en el símbolo de ninguna lucha y, mucho menos, por vía institucional. El imaginario común es necesario dentro de los movimientos sociales. Crea identidad grupal. Sin embargo, la sobreexplotación de las frases de Ovidi por parte de la Izquierda Independentista, o de la frase “amb el somriure, la revolta” de Lluís Llach y similares se pasa de romanticismo, camufla la conflictividad de la lucha social y además, en lugar de resignificarse, ha dejado de tener significado. A mí no me inspiran nada. Me recuerdan a las proclamas de un grupo montañero en marcha o de un esplai. Pero no a un grupo movilizado. Y no obstante, citas una de esas frases al uso y una avalancha de gente afín te hace un guiño de complicidad y reconocimiento como si, yo que sé, hubieses escrito algo novedoso o seas un machaca que se deja los codos currando de base. Yo creo que Ovidi hace tiempo que dijo “basta”.

Y a su hartazgo se habrá unido Gramsci, autor marxista que, haciendo uso de las ideas de Lenin, formuló una de las corrientes del concepto de “hegemonía cultural”. Éste, junto a otro que decide reformular el (neo)populismo, Ernesto Laclau, se convierte en una de las bases teóricas para explicar un nuevo fenómeno que dice querer hacer saltar por los aires el que hasta ahora había sido el tablero político del Estado español: Podemos. Y como los politólogos, que también están de moda, se ponen a pensar en cómo analizar ese (nuevo) experimento leyendo a Laclau y releyendo a Gramsci, parte de la juventud movilizada, que ya explotaba bastante al segundo con la frase de la indiferencia y el peso de la historia y tal, considera que ahora es el momento de volver a mirar qué decía ese tío que tanto revuelo causa y qué es eso de la nueva “gramática política”. Entonces, siguiendo la corriente predominante, grupos de música del jovent como Aspencat calculan que van a poner calientes a muchos postadolescentes si hablan de “hegemonía” en su nuevo tema, ‘Música naix de la ràbia’, y por tanto a vender muchas copias, aunque no sepan qué están diciendo porque mezclan conceptos de forma casi inconexa como demuestra la frase “La història no és més que una guerra per l’hegemonia de les posicions”. Y en este punto, Gramsci que, discrepancias a parte, no debió de pasarlo demasiado bien en la trena and respect my friend, probablemente se esté removiendo en su tumba con la banalización de sus ideas por gente que, me la juego, ni siquiera se ha molestado en leer su obra. Hagamos merchandising de Gramsci y vendámoslo. Actualmente lo compra cualquiera.

Y a todo esto, para acabar de tocar la fibra, yo me pregunto: ¿llegamos a la población a la que, supuestamente, queremos llegar? Un terreno es la lucha institucional que “ja s’ho farà” (o no, más bien no), otro es la lucha social. Crear redes y sinergias en los barrios, concienciar, politizar, crear “palancas” que impulsen a grupos obreros “hacia sectores más elevados”, como diría Draper. Y para ello el discurso, junto a la praxis, es esencial. ¿Llegamos con frases como “el somriure la revolta”? Yo creo que no. ¿Qué hacemos? ¿Trabajamos o nos hacemos pajas entre nosotros? Nuestra “gramática de la época” debería dirigirse a la clase trabajadora. Y no lo hace.