Del anticomunismo americano a The Americans

“Pensaba que los americanos sabían que hasta en las guerras encubiertas hay normas. Me equivoqué”. Esta frase de la primera temporada resume el carácter de la serie The Americans: “¡Chavales!, vais a empatizar con los agentes del KGB. Os van a caer bien y hasta puede que los del FBI os parezcan unos mierdas”. Contraste brutal con más de medio siglo de producciones estadounidenses anticomunistas.

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I was a communist for the FBI (Gordon Douglas, 1951)

Como era de esperar, en plena Guerra Fría, EEUU adoptó la estratégica costumbre de arremeter contra la URSS con tal de frenar ideas disidentes del sistema liberal. Y lo hizo sin cortarse. Los estadounidenses iniciaron una ofensiva propagandística utilizando el aparato de legitimación política por definición: el sistema informativo. Es lo que, discrepancias a parte, Noam Chomsky y Edward S. Herman definieron en su libro de 1988, Manufacturing Consent, como el quinto filtro de los medios de comunicación: “el anticomunismo como ideología”. Filtro del denominado ‘Modelo Propaganda’ que ha sido como un cuchillo encarnizado, no sólo en los noticiarios y las publicaciones culturales, gran parte de ellas financiadas por la CIA, sino también en la industria cinematográfica.

Así, a finales de 1944, se creó en la cumbre del cine la Motion Picture Alliance of Preservation of American Ideals (MPAPAI) que, con anticomunistas al frente como Sam Wood y John Wayne, aseguró que entre los miembros de la industria se estaban colando “ideas subversivas”. Y aunque ciertamente, durante los años 30, los partidos comunistas europeos habían recibido apoyo del mundo del arte y el Partido Comunista Americano había contribuido a incrementar la conciencia social, se tachó de comunista a todo aquel que tuviese ideas de tendencia progresista, por socialdemócrata refor que fuese. Con ello se sentaron las bases de una persecución que duraría hasta la mitad de los años 50.

En 1947, el Comité de Actividades Antiestadounidenses, House on Unamerican Activities Comittee (HUAC), puso el punto de mira en Hollywood, como supuesto nido de comunistas, por su gran poder de difusión de ideas y haber contribuido a legitimar el New Deal. Los primeros en ser investigados fueron los miembros del Screen Writers Guild, el sindicato de guionistas. En octubre del mismo año, se creó la primera comisión parlamentaria contra la infiltración comunista, presidida por el congresista Parnell Thomas. El mismo 19 de octubre, la comisión inició las audiencias públicas en Washington para hacer declarar a cuarenta y un artistas y profesionales de la industria cinematográfica sospechosos de deslealtad a EEUU. Entre los investigados, se encontraban creadores como Bertolt Bretch, Lewis Milestone, Richard Collins, Frank Capra, Herbert Biberman y Charles Chaplin, cuyo caso merece un artículo aparte. De los cuarenta y uno, diecinueve de ellos fueron considerados testigos hostiles y diez miembros de Hollywood condenados a entre seis meses y un año de prisión por desacato al tribunal, al negarse a contestar las preguntas relacionadas con el Partido Comunista. Parte de su “delito” fue acogerse a la 1ª enmienda de la Constitución, defensora de la libertad de expresión. La Motion Picture Producers and Distributors of America (MPPDA), alejó a los diez de la actividad cinematográfica, pese a que más de quinientas personalidades del mundo del cine habían creado el Comité por la 1ª Enmienda para darles apoyo. Cabe destacar que posteriormente parte de estos manifestantes a favor de la libertad creativa se retractaron. Valientes traidores…

En 1950, el director John Berry dirigió el documental The Hollywood Ten, lo que no impidió que se produjese una segunda oleada de caza de brujas entre 1951 i 1952 que, de hecho, también incluyó a Berry. Fue lo que se conoce como Macartismo: política interna basada en la acusación e investigación de todo aquel sospechoso de tener vínculos con el comunismo. Adoptando el nombre de su promotor, el senador republicano Josep MaCarthy, esta política conllevó un sinfín de acusaciones indiscriminadas, procesos penales irregulares y listas negras. Aunque MaCarthy apuntó especialmente a infiltraciones dentro del Departamento de Estado (y posteriormente del ejército), los miembros de Hollywood no se libraron de las nuevas investigaciones de la comisión presidida por el parlamentario John S. Wood. Gran parte de los sospechosos no pudieron volver a trabajar en EEUU.

 “¿Y quién era sospechoso? Pues todo aquel a quien un colega acusara de serlo y que a su vez se negara a delatar a un tercero. Durante aquellos vergonzosos años en Hollywood circulaba una lista negra. Quien formara parte de ella no encontraría trabajo en la ciudad. Aunque eso sí, hubo quien sobrevivió haciéndose pasar por otros. El guionista Dalton Trumbo, por ejemplo, firmó bajo seudónimo guiones como el de Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953) o The Brave One (Irving Harper, 1956)”[1]

 

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El telón de acero (William A. Wellman, 1948)

Pero en el intento de control de “ideas subversivas” no se acaba el cuento. Con antecedentes como la popular Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939), entre 1947 y 1956 proliferó la producción de películas anticomunistas, en parte por miedo a despertar algún ápice de sospecha. Algunos de los films paradigmáticos de ese momento fueron Telón de acero (William A. Wellman, 1948) sobre un miembro de la Embajada rusa en Canadá que decide desertar tras descubrir un entramado de espionaje soviético de armas atómicas; The Whip Hand (William Cameron Menzeis, 1951) en la que los soviéticos a cargo de una cárcel usan a prisioneros como conejillos de indias para crear armas biológicas; I was a communist for the FBI (Gordon Douglas, 1951), film sobre una infiltración en las filas soviéticas, nominado al Óscar como mejor película documental; Correo Diplomático (Henry Hathaway, 1952) sobre los supuestos planes de Stalin de invadir de Europa y Mi hijo John, dirigida por Leo McCarey también en el 52, sobre  una familia americana “decente” que descubre que su hijo, muy arraigado a círculos intelectuales, es comunista. En este punto, no podemos olvidar películas de ciencia ficción sobre invasiones extraterrestres, en sintonía con el inicio de la carrera espacial. Un ejemplo de ellas es La invasión de los ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956), en la que se pregunta si los alienígenas llegarán a ser “opresores” como los comunistas. Cabe destacar, no obstante, que la gran mayoría de películas anti-comunistas fueron producciones serie B que no tuvieron el éxito esperado en taquilla. Uno de los motivos fue que la juventud estaba más interesada por ver a James Dean con tupé y chupa de cuero en Rebelde sin Causa (Nicholas Ray, 1955). Sin embargo, sí que dejó huella el cortometraje documental de animación, Duck and Cover, de Anthony Rizzo, financiado por el Gobierno Federal y estrenado en 1952. En nueve minutos, una tortuga llamada Bert muestra cómo protegerse de una explosión nuclear, apelando al miedo del espectador ante la expansión atómica de la URSS de comienzos de década.

Los años 60, por su parte, llegaron con las corrientes de pensamiento posmodernas por lo que la represión y producción estadounidense, abiertamente anticomunista, se suavizó. Tras la crisis de los Misiles de Cuba en 1962, ambos bloques decidieron disminuir su beligerancia política por lo que la información no podía basarse en la demonización constante. La nueva estrategia, se basaba en reforzar las supuestas características positivas del sistema americano por medio del bienestar sus habitantes. Ya a mitad de los 50, EEUU había desarrollado programas de producción de películas como Militant Liberty, dirigido a incluir el tema de la ‘libertad’ en los films. Al camuflarse el mensaje político explícito, la propaganda adquirió efectividad. Se exaltaba la sociedad del consumo y se vendía al americano medio como un tipo (hombre, por supuesto) con nivel económico alto, trabajo cualificado y con todo a su alcance en el sistema capitalista. La proclama ¡Comprad y seréis felices! y “La chispa de la vida” de Coca cola representaban el progreso del mundo occidental. Las mujeres, con un tipazo todas, trabajaban de secretarias o similar, el estatus deseable según la consideración social femenina del momento. Estaban destinadas a tener hijos modélicos, en casas de color pastel, con dos coches aparcados en el garaje y una barbacoa para dar de comer a un regimiento. Era la cumbre de la American Way of Life surgida en el despegue económico de los años 50 y unida al baby boom. Este nuevo paradigma, ocultaba la violencia, la miseria en zonas marginales y los conflictos interaciales. Desde una visión profundamente estética de la sociedad, servía de caldo de cultivo a la xenofobia, el machismo y todo aquello que supusiese desigualdades sociales. ¿Y qué decir del ejército? Entre los años 50 y comienzos de los 70, las oficinas de Cinematografía del Ministerio de Defensa ofrecieron colaboración a más de 240 producciones, con tal de asegurarse que las fuerzas armadas tuviesen una imagen positiva en pantalla. Demasiados muertos en Vietnam.

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Rocky vs Ivan Drago

A partir de los años 80, la Administración Reagan potenció el anticomunismo, lo que desembocó en uno de los periodos más tensos de enfrentamiento con la URSS. Pocos antes de la caída del Muro de Berlín y la desintegración soviética, la industria cinematográfica aún nos dejó caer perlas abiertamente propagandísticas como Amanecer Rojo (John Milius, 1984), sobre la invasión (ficticia) de un pueblo de Colorado por parte de tropas soviéticas, cubanas y nicaragüenses que provoca el estallido de la III Guerra Mundial. Otra de las históricas en este ámbito es Rocky IV (Silvester Stallone, 1985). En el film, de los más taquilleros de la saga, los rusos, representados por el boxeador Ivan Drago y cia, son máquinas sin sentimientos, prácticamente cyborgs, entrenadas en el más frío de los sistemas. Mientras, la parte emocional y humana de la película la lidera Rocky, quien hace un llamamiento a la paz entre bandos después de que “los malos” maten a su amigo. También merece mención La Caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), sobre el capitán de un submarino nuclear soviético que decide desertar por venganza personal. Necesitaríamos decenas de estudios para poder abarcar todas las producciones de la época.

Hará falta que pasen 30 años para que Joe Weisberg cree The Americans, serie estadounidense del FX Network de 2013, ambientada en los años Brézhnev-Andrópov y Reagan. La historia gira en torno a las aventuras de Elisabeth y Phillip, casados y con dos hijos. Son dos Ilegales del KGB, agentes infiltrados como americanos en Washington DC con una vida aparentemente de lo más convencional. No son representantes del mal, ni mucho menos. Piensan, sienten y sufren. Mostrando una sangre fría que hierve, viven una vida revestida de ese (típico) morbo que despiertan las historias de espionaje. Eso sí, nada del modus 007. Es una angustia constante. Parece que no duerman nunca, abren el grifo de la cocina cada vez que necesitan hablar y no dejan bajar a sus dos hijos preadolescentes al cuarto de la lavadora. No sólo deben compaginar su trabajo con la vida social y lidiar con los niños, coartada de su trabajo y lo más real que tienen, sino que además no saben si el amor que hay entre ellos dos existe o es simplemente una parte más de la misión. Mola, ¿eh?

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The Americans

Con un formato que da más juego que una película, un desarrollo clásico de la trama y un equilibrio entre temporadas, la historia intenta representar, sin dejar de ser ficción, los elementos que el cine acrítico de la época no permitió: los dilemas morales. La duda sobre las causas políticas que para ellos legitiman sus acciones, sobre el sufrimiento, sobre el pensamiento sistemático. Se cuestiona abiertamente si merece la pena sacrificar la vida personal por la defensa de la patria y se representan los conflictos de intereses, las ambiciones personales y la corrupción existente en ambos bandos. La serie se posiciona. Guía al espectador a través de una crítica sutil a la forma de vivir de los agentes soviéticos, a la estricta formación, sacrificio y austeridad, pero también a la Guerra de Vietnam, al entrenamiento de muyahidines en Afganistán por parte de EEUU, a los tiros por la espalda y a la sociedad consumista americana, profundamente absorbente, en la que crecen los hijos de Elisabeth y Philip.

¡Pero, ojo! Como demostró Kubrick en 1964 con la gran parodia sobre la doble moral de EEUU en la Guerra Fría, Teléfono Rojo, Volamos hacia Moscú, existe un abanico de colores. Pese que en los últimos años el comunismo en los medios de masas se ha convertido en una moda, una parte más de la industria de camisetas y llaveros de la cultura pop, en 2012 Dan Bradley decidió hacer un remake de Amanecer Rojo, si bien cambiando a los soviéticos por norcoreanos apoyados por rusos como los malos malísimos. Visto el momento de beligerancia mundial que vivimos, habrá que ver qué próximas joyas nos ofrece el cine y la televisión, pesos pesados de la industria cultural, siempre reflejo del contexto político. Por ahora, y desde comienzos del siglo XXI, nos tienen muy entretenidos con las producciones sobre terrorismo islámico, como Homeland, dentro de ese afán por remarcar la idea de enemigo internacional que profesa EEUU, cual dogma sacro. “We are de terror”, sentenciaron sin remilgos Frank y Claire Underwood. 

Referencias

El cine negro americano, François Guerif. (RBA), 1995

La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders (Ed. Debate), 2013

[1] El cine contado con sencillez. Juan ZavalaEliodoro Castro-VillacañasAntonio Carlos Martinez Rodriguez (Ed. Maeva), 2000

Sergio Ramos SÍ que es un ‘working class hero’

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Desde que Sergio Ramos salió en una fotografía con una camiseta que decía “working class hero” algunos militantes y gente políticamente comprometida le habéis cogido una manía al chaval…Y no entiendo por qué. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso está mintiendo? Es el héroe de la clase obrera, como lo son otros jugadores de fútbol. Como lo es Messi en su mesianismo. Que le paguen millones de euros por meter un balón entre dos palos y jubilarse antes de los 40 no significa que no sea un working class hero, porque la categoría de “heroe” no existe per se. La creamos nosotros. La otorgamos nosotros. Mientras haya una gran parte de la clase obrera que idolatre a los futbolistas de primera división que cobran una barbaridad (no todos), ellos serán héroes del pueblo. Ojalá una manifestación reuniese a tantos obreros como un partido de fútbol. Es el ejemplo por excelencia de la movilización de masas.

Siguiendo la teoría marxista podemos afirmar que esto se debe a una falta brutal de conciencia de clase o incluso a una “falsa conciencia de clase”, dejando de lado su sentido tautológico, en tanto que las aspiraciones o pensamientos del trabajador van en detrimento de sus propias necesidades o intereses materiales. Se identifica con una clase que no le corresponde. Llama a los jugadores por su nombre. Se preocupa. Empatiza con ellos. Y no son la misma clase social. No son iguales. La lucha de clases significa simple y llanamente que son ellos o nosotros. Obviamente aplaudiendo, discutiendo y peleándonos por quien ficha a quien poco conflicto hay. Recordemos que la cristalización del conflicto comienza en el discurso público. Nunca si éste es incoherente. Podemos tener contradicciones, que es a lo que se apela falazmente cuando alguien se mete con el negocio del fútbol profesional, pero no incoherencias. No tiene sentido alguno afirmar que queremos acabar con la desigualdad social y, al mismo tiempo, financiar voluntariamente y legitimar este tipo de deporte. ¿De qué vamos? Luego a veces está parte de la gente no politizada que sale con “no mezcles la política con el deporte” como si el fútbol occidental no se enmarcase dentro de la lógica de un sistema capitalista. O la repera de la argumentación “bueno, a mí no me ha hecho nada Sergio Ramos”. Claro, en un sistema sólo tiene responsabilidad el que hace leyes y las ejecuta con esa tendencia a utilizar conceptos e ideas genéricas que tenemos para desresponsabilizarnos. Señores, sí, Sergio Ramos es el héroe de una clase trabajadora sin conciencia de clase.

Y todo esto, por desgracia, se enmarca y explica dentro de una era posmoderna. Identificarse con clases sociales que no son las nuestras y aspirar a ser el de arriba de la pirámide social ocurre desde el surgimiento de la burguesía y, por tanto, del proletariado. Ahora bien, asumir que los metarelatos, grandes cosmovisiones, sistemas de valores e ideologías que dotan de sentido a la realidad y que, según Lyotard, son totalizantes, han muerto es consustancial a la corriente de pensamiento posmoderno.  Es la negación de la razón pura, que se considera una narrativa más, y la relativización de conceptos como “justicia”, “igualdad” o “libertad” según la experiencia particular y la supuesta búsqueda de la felicidad inmediata. Preocupa el ahora, no el devenir histórico ni la idea de progreso social que, estrictamente, dentro de esta corriente no existe. Y, lamentablemente, se ha conseguido convencer a parte de la población occidental, sumida en la gran mentira de la middle class, que lo que importa es la individualidad y el hedonismo por encima de la colectividad y el compromiso social. El culto a uno mismo, intentando mostrar “diferencia” artística, filosófica, etc. pero, contradictoriamente, acabando en una imitación social brutal gracias a la industria cultural, el marketing y la televisión. Y, sobre todo, la estética en todos los ámbitos: la imagen por encima del mensaje. Es el mundo a la carta, paradigma en el que se enmarca la cultura pop que sostiene la superproducción de artículos de consumo como pueda ser la camiseta de Sergio Ramos o las del Che Guevara. Hasta los años 80 el anticomunismo en EEUU estaba a la orden del día. Hoy es una moda, como tantas otras. No hay más. Sergio Ramos puede llevar la camiseta de la Working Class Hero como si mañana se coloca una de Curro Jiménez porque nosotros lo avalamos. No hay diferencia alguna. La única ideología que hay según esta corriente de pensamiento es la negación de las ideologías. Como ya he dicho, es estética. Igual que lo es la camiseta de Franco de Nuno Silva. Igual que lo es una camiseta con la cara del mismo Sergio Ramos. Él en sí mismo es una moda porque, con el supuesto fin de las ideologías, se afirma alejarse de los personalismos de los líderes políticos pero, en realidad, se crean nuevos héroes adaptados al pensamiento predominante: tú importas, no el conjunto. Mientras des espectáculo. Como en política.

Llegados a este punto, aparte de indignarnos y quejarnos, que lo hacemos bastante bien, ¿qué hacemos? Podemos cabrearnos y pegar cuatro gritos. O decir que la historia le dará su merecido, como algún tweet que he visto por ahí. O afirmar que acabará en un gulag y estas cosas tan guays que decimos en ambientes distendidos con “gente del rollo”. O también podemos plantearnos qué estamos haciendo mal para que seamos cuatro gatos los que entendamos que la camiseta de Ramos es un insulto. Porque algo estamos haciendo mal. Quizás muchos de nosotros pagar por una entrada de fútbol profesional y caer, sin querer, en la admiración incondicional a los futbolistas. Quizás lo erróneo sea el “todos tenemos contradicciones…”. O puede que nuestro error sea perder el culo por la nueva camiseta que saque el grupo de música alternativa hiper progre de turno, especialmente si tiene pasta, o convertir a Ovidi en un icono revolucionario con la sobre utilización de sus versos hasta que dejen de tener sentido.

Es imposible divulgar una visión del mundo, conseguir que tenga efecto y otra persona desarrolle su conciencia política, sin actuar en consecuencia a la misma. El capitalismo es el sistema económico más pernicioso que existe porque puede llegar a cualquier región del planeta e incluso cargárselo, como está haciendo. Y en su extensión, vivir absolutamente fuera del sistema es imposible, a menos que nos vayamos al monte con las cabras. Ahora bien, hay muchos tipos de elecciones. Y éstas determinan quienes somos.

Referencias

La condición posmoderna. Jean-François Lyotard

La traición

Es pequeño y está mayor pero funciona como el primer día, aunque las cataratas le impidan leer la tarjeta de memoria con la que antaño tan bien se coordinó. Es el típico móvil de mediados de la década del 2000 de la clase trabajadora que no está para ostentaciones: algo tímido, sin un gran físico, no le gusta ser el centro de atención…Ese teléfono que te compró tu madre no si antes decirte: “Esto es lo que hay. Ni se te ocurra quejarte. Yo no pude tener uno hasta los 35”.

Acepté con mucho gusto su compañía. Estuvimos juntos un par de años pero al crecer procedí a su renovación. Ya sabéis, los estragos del capitalismo y la creación de necesidades internautas. La llegada del Whatsapp a nuestras vidas como una droga dura. Sin cortar.

Sí. Dejé de lado al guerrero que había luchado a mi lado contra la regresión de derechos en las manifestaciones de los 15 y 16 años. Un combatiente digno y tenaz que más de una vez cayó y se levantó. Guardé su recuerdo en un cajón donde el tiempo es un concepto tan intangible que ni transcurre. Pero los nuevos móviles que lo relevaron, acostumbrados a la comodidad y la sofisticación táctil de la sociedad del consumo, murieron en los primeros asaltos del ring. Entonces yo, pérfida traidora postmoderna, recurrí una y otra vez a él cada vez que mis interesados amantes tecnológicos me abandonaban, como el que tiene un recurso en la recamara para paliar su soledad. Y como la vida es un continuum de erotismo, cada vez que mi adicción a la intensidad se traducía en el contacto con algún miembro de la comunidad masculina, es decir, cada vez que procedía a echar un polvo con cierta continuidad me apuntaba el número de teléfono de mi nuevo compañero en la agenda del que tanto me amaba que soportaba, con marcado estoicismo, la humillación de ser el segundo plato que se ingiere con desgana. Únicamente esos números por lo que siempre había muy pocos en proporción a lo que sería una agenda con la multiplicidad de personas que integran una vida. Hoy me ha dado por mirar la agenda. Sólo hay tres números. Son importantes.